top of page
Buscar

"Abel" de Alessandro Baricco (Anagrama, 2024)

  • Foto del escritor: José Henrique
    José Henrique
  • 29 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 11 ene

Baricco tiene eso que pocos escritores alcanzan y que todos queremos lograr. Como Puig, logra que sus novelas funcionen para todo tipo de público.  Funciona para el lector de Best Sellers que por lo general no quiere ser incomodado; lo atrapa, lo cuestiona sin soltarlo,  lo engatusa con la belleza de su escritura y le hace pegar un salto. Pero como si estuviera armada con capas de una cebolla, cuando un lector le pide más complejidad, el texto te lo da. Creo que desde Cabrera Infante no leo a un escritor que maneje tan bien el arte de escribir, hace lo que quiere con las palabras.

Baricco podría haber explotado el éxito de Seda hasta el cansancio, repetir una y otra vez su fórmula, como lo hizo ese otro gran escritor que es S. King. Y sin embargo cada vez que salió una nueva obra volvió a romper y a regalarnos personajes y mundos sorprendentes.

Acá quiero volver a enojarme con el lector que proviene de la academia, como en tantas charlas particulares, donde siempre repite la misma cantinela, calcada. “Después de Seda, se aggiornó al mercado y escribe siempre lo mismo”. En primer lugar, cuando les tirás un poco la lengua, notás que estos “lectores profesionales” casi no leen ficción, han perdido la pasión por su objeto de estudio, han decidido ser como Bovary, abandonar la lectura para construirse ellos como personajes. Creo que renunciaron a Baricco porque se sienten traicionados, ya no es ese autor que sólo conocen dos o tres y que sirve para impactar en una tertulia. No le perdonan la osadía de seducir, hasta lo húmedo, a esa lectora voraz que es Doña Rosa y, encima, hacerla crecer.

Me extendí demasiado en esto, vayamos a Abel.

Abel Crow es el pistolero más rápido del Oeste, y porque no se llama Caín, mata gente del lado de la ley; se ha hecho sheriff. Hay un momento constitutivo en su oficio y está ligado a su padre. Cuando su hermano decide abandonar el rancho hacia la inmensidad de lo "Intacto", su padre alza la Sharps, le apunta y dispara. "Yo nací un día al borde de lo Intacto" confiesa Abel. La crueldad de la bala, es en el lejano Oeste quien abre el camino del "progreso", sin ella y su masacre a cuesta, no habrá tierra segura para el tren. La bala en Abel juega el mismo papel que ese tren imposible de su primera novela, Tierras de cristal. La fascinación contradictoria con el progreso, en ésta, su última novela, se hace crítica. "Siento una vibración entonces disparo", todo el texto es un largo peregrinar para entenderla. ¿Por qué, si bien se fascina con las palabras que la bruja india le dice al juez, lleva sus manos a las pistolas? ¿Por qué su novia, cautiva de los indios cuando chica, se enamora de él si odia a los pistoleros? Abel también es Crow, cuervo con “C” de Caín. Y al comprenderlo elige no disparar nunca más, salvo los últimos cinco tiros que la vida le signa y los usa para violentar la ley, salvando a su madre de la horca por un entredicho de caballos.

Este western spaghetti que ha montado, lleva hasta lo sublime, lo que para mí es la clave de su éxito narrativo, la oralidad. Pero si la de Puig es el extraordinario manejo del diálogo directo, (por lo que tanto lo han criticado diciendo que simplemente desgrababa a sus tías), Baricco apela al que relata en voz alta para otros, el que sabe que no tiene la ventaja del impreso, de poder ser releído si uno se distrae, y es en esa cadencia mística, como en ronda al lado del fuego, donde uno se entrega a esa voz que nos lleva de la mano, como cuando uno era niño.


P.D: Dejen de escuchar mi voz y concéntrense en la belleza narrativa de Baricco que les dejo a continuación, como botón de muestra.


Aquellos espacios que yacían mudos, en los límites de lo conocido, en el profundo Oeste, ahora ya no existen, se terminaron. Seguimos caminando, colocando traviesas y contándolas, haciendo que los caballos soltaran espumarajos mientras descargábamos pensamientos, hasta que en la cumbre de aquella andadura nos aguardaba el océano, sofocando así nuestra sed de tierra, para siempre.

Pero entonces no, seguían existiendo: espacios antes nunca vistos, tierras de las que no éramos conscientes. Se veían, más allá de la alambrada, al levantar la vista del trabajo. Era lo Intacto. (...)

(...)Entonces, mi hermano David picó de espuelas el vientre del caballo, y surcó lo Intacto con una hendidura al galope., gritando mucho (...).

Mi hermano siguió galopando hasta que se hubo saciado, luego permaneció allí un rato, quieto, en su montura, como si se hubiera quedado sin otro propósito. Era una marioneta en la nada, pequeño. La hierba bailaba apenas en la brisa, a su alrededor, pero durante millas y millas.

Entones mi padre murmuró algo.

Qué pastos.

Y sin nada más que añadir, sacó el Sharps de la silla, sin prisa alguna. Un magnífico instrumento. (...) En cualquier caso, añadió, el alma percibe el momento en que el hombre al que disparas se alinea sin imprecisiones con el cañón de tu arma, y en ese instante percibirás como un aliento fugaz, o un lazo invisible tendido entre tu corazón y el suyo. En ese momento, dispara, concluyó.

(...)Mi padre apoyó la culata del Sharps contra su hombro y levantó lentamente los 559 milímetros del cañón, como si estuviera colocando bien un detalle que se le hubiera escapado a la creación. Los detuvo en una línea inmaterial que unía su ojo izquierdo con la silueta, minúscula, de mi hermano, pasando por la mira en vilo sobre el borde del cañón. No sabía qué quería hacer, pero no recuerdo haberme preguntado nada. Disfruté el largo silencio que siguió. Yo tenía, aquel día, quince años y noventa y siete días. Mi padre apretó el gatillo.

Lo que salió del cañón era la primera bala que había surcado lo Intacto. Arañó aquella luz como un diamante letal sobre la superficie de un espejo mágico. Nunca he olvidado aquel sonido.

Era el principio absoluto. Todo lo demás vendría después. (...)

(...)Evidentemente, aquel disparo de Sharps me marcó: en cierto modo, yo vengo de allí. Un día me permití la inconcebible frivolidad de contárselo a Hallelujah: yo nací un día al borde de lo Intacto, cuando mi padre disparó un tiro de Sharps y me di cuenta de que mi forma de crear sería revelar el misterio apretando el gatillo.(...)

(...)En cualquier caso, aquella vez se volvió, estupefacto, hacia nosotros. Mi padre le hizo un gesto amplio, para que comprendiera que debía regresar. Era una orden, pero también, según comprendí años después, una oración, una caricia.




 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page