"Los pájaros de la tristeza" de Luis Mey (Factotum, 2025)
- José Henrique

- 8 ene
- 3 Min. de lectura

No había leído nada de Luis Mey. Me gustó. Esta novela se mete con un tema que me obsesiona, la opresión de los niños. En este sistema, no hay ningún sector de la sociedad más oprimido que ellos. Cualquier otro, más allá de lo fuerte que sea su condicionamiento, cuenta con el desarrollo pleno de sus músculos y tendones, además de su subjetividad experimentada a lo largo del tiempo.
La descomposición social es el manto que cubre toda la obra y la niñez, el eje donde se asienta para ir pivoteando su denuncia. Lo interesante es que la obra no anda con chiquitas a la hora de provocar, va por y contra todo el mundo adulto. Nos escupe en la cara como lo hacen de forma explícita sus personajes niños. Por un lado instala a dos “hermanos/monstruos”, el más pequeño “retardado”, el otro, con una manito que le sale casi del hombro. Pero no los pone para que den pena, porque ambos son la “piel de judas”, “puta” le dicen a la madre, sin vacilar en atarla con alambre a una silla; o apuntan con la gomera para tirar a lo que les moleste, incluso, cargarse de un piedrazo que le entra por el ojo hasta el cerebro, al vecino que le mete el dedo gordo en la cola al más grande de ellos; o, cuando la gomera no es suficiente, preparan sus molotov con mierda de perro, vinagre y huevos podridos. Todo un arsenal defensivo, porque el diálogo nunca ha dado resultado en sus miserables vidas. Porque cuando su madre no está porque trabaja todo el día, se cuelan en lo de la vecina para saquear la heladera, y la adulta les prepara torta rica, pero a cambio le hace “comer” por la nariz, al más grande, ese polvito blanco que tiende en la mesita y, poniéndose la torta abajo de la bombacha, lo invita a que se la coma.
Están buscando a su supuesto padre (porque todo es supuesto, ya que el mundo adulto ha puesto un manto nebuloso en sus orígenes identitarios. Nadie aclara porque tienen miedo de verbalizar la oscura descomposición de la que son parte). Lanzados a ciegas en su bicicleta, manejada con una mano por el más grande, porque la otra no sirve y “el retardado” parado en los pedalines, armado de su gran puntería con la honda, van recorriendo “oficinas” en busca de su padre (más conocidas como “bares”). No pretenden que vuelva, sino que autorice al mayor a usar su nombre para poder ser el hombre de la casa y quién sabe, así, las cosas cambien.
Lo interesante de la novela es que está narrada desde la literalidad extrema del niño “retardado”. La construcción de esa voz que relata es impecable. Esa inocencia extrema (que mata pero no comprende la muerte) le hace “piedra libre” al lector, descubriendo de forma brutal el concepto de “infancia”, algo que parece ser un hecho desde la modernidad a esta parte, pero que, de forma cínica, el mundo adulto, en los hechos ,empieza a abandonar y desentenderse.
Lean esta novela, la piña que se van a comer es impactante.
P.D: Para reflexionar. Pareciera que los “animales domésticos”, en los tiempos que corren, han ocupado el lugar del infante para el adulto. ¿Será que son más sumisos y dóciles?, ¿Que con un poco de alimento balanceado basta para que no nos tiren un piedrazo con la onda o molotovs de mierda, en su desesperado terror frente al mundo al que fueron lanzados?







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