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"Geografía de la sed" de Nora Rabinowicz (La parte maldita, 2025)

  • Foto del escritor: José Henrique
    José Henrique
  • 16 feb
  • 4 Min. de lectura

Geografía de la sed es una gran metáfora del mundo en el que vivimos, de la voracidad del capital extractivista y la descomposición a la que nos empuja. En esta breve novela ¿fantástica?, se concentran las fases del modus operandi de estos proyectos empresariales depredadores, que pretenden dejarnos solos con la sed en medio del desierto. y que se salve el que pueda.

La novela pone al cinismo en el centro de la escena. Ese dios del presente (cuyo gran educador fue el posmodernismo de los '80 y los '90), que no mira ni para atrás ni se proyecta, que sólo se propone consumir para saciar su sed inmediata. Intenta establecer una geografía minuciosa del mismo, una cartografía que distingue y ubica, en detalle, el lugar que ocupa cada uno de los niveles de ese cinismo.

La estructura narrativa que erige, para este fin, es inteligente y funciona. El texto está armado como un script cinematográfico, una sumatoria de escenas que parecieran contar historias mínimas, aisladas del todo, como si esos pequeños deseos y acciones no le hicieran mal a nadie, es más, como si intentaran que el lector se sintiera identificado con cada uno de los personajes, con sus anhelos individuales, y sólo al final, cuando el lector eleve la mirada hacia el todo, hacia los cuerpos que van apareciendo en la playa, recibiera el mazazo de su complicidad cínica.

Vayamos por parte. Una minera está dinamitando la montaña hasta hacerla desaparecer, se ha apropiado de la escasa agua de la zona, el municipio toma medidas férreas para que los pobladores no "derrochen" el agua que aparece en las canillas de vez en cuando. La madre del Huguito no puede regar las plantas y reza que venga el agua para poder pegarse una ducha rápida frente al calor que agobia, pero el Huguito tiene trabajo, quince días corridos en la cantera y quince que baja al pueblo para comer la tarta que le prepara su madre para recibirlo y para gastarse todo el jornal en el casino junto a sus compañeros de trabajo. La tía sueña con una pelopincho en medio del desierto que rodea su casa y así todos.

Rabinowicz es viva, concentra toda la atención en esta sed pequeña pero desesperante, con un relato amable y simpático. Arriba está la compañía minera que se lleva la montaña y el agua pero, ni los personajes ni la narradora, parecerían cuestionarla, se transforma, en el texto, en una espacie de Dios que está en todas partes pero en ninguna, que no se la cuestiona, que es lo dado, lo inamovible, para bien y para mal. Lo que pareciera importar es la sed insoportable, deseante, entendible, de los individuos. El lector, a esta altura, ha dejado de pensar en la minera; se ha tragado el anzuelo hasta la verija.

El asunto es que el día que el Huguito debía llegar de la mina, no aparece; raro, piensa su madre con la tarta que tanto le gusta, empezándose a endurecer. Ese mismo día su hermana codea al Oscar, su marido, y le señala la ventana. Las olas de un mar rompen justo cruzando la calle de tierra. El Oscar le insiste que hace rato que no ve a su amigo que vive en la zona en la que ahora hay océano, mientras busca en el cuarto de los cachivaches la heladerita, la sombrilla, las sillitas plegables. Su mujer, chocha con su malla enteriza frente al espejo.

Pasan los días, la nueva playa es un éxito, el negocio inmobiliario avanza al calor del turismo, el Huguito sigue sin aparecer, la madre, pone la tarta en la heladera y va a ver a su hermana, a ésta le da un poco de culpa su deseo de pelopincho cumplido con creces, pero se está tan bien en la sillita frente al mar, y qué afortunados fuimos que el mar se paró justo ahí delante de nuestra casa. Sobrevuela en la novela la sensación de que todos intuyen que pasó algo allá arriba en la mina, pero como vino ese pensamiento, se va al contemplar la espuma que dejan las olas sobre la calle de tierra.

En fin, como dije más arriba, ese mar que aparece de forma fantástica, nos refresca a todos, incluidos los lectores, porque la descripción previa del calor y la sequía nos ha calado, necesitábamos ese chapuzón. Se dice que la montaña desapareció por las explosiones y sin esa barrera, se coló el océano en este desierto, arrasó con los trabajadores de la mina y con medio pueblo. El negocio inmobiliario es imparable, empezaron a plantar palmeras y el ambiente por fin está plagado de humedad, pero el mar, en su vorágine de llenar la calle de tierra arrastrando arena, ha empezado a traer los cuerpos, el del Huguito, el del amigo de Oscar parece que también, pero tiene dudas porque está maltrecho. El Oscar igual arma su mediomundo, porque su deseo de pescar siempre fue muy fuerte, y “tiene la certeza de que la situación que lo rodea no va a cambiar porque él vaya o no de pesca”.

Lean esta novela, siéntanse mal, reflexionen acerca del cinismo que nos permea y actúen en consecuencia, que el mundo del capital se las trae y con ganas renovadas.

 
 
 

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