"La barba de mi padre" de Luis Hernán Castañeda (Dendro, 2026)


Castañeda hace muchas décadas que vive en USA, pero no hay ninguna duda que su literatura de ficción pertenece al mundo andino y al Perú en particular.
Este libro de cuentos tiene un primer acierto, no es una compilación aislada. Es una unidad de relatos que dialogan y se retroalimentan entre sí.
En mi roce con lo andino (edité de autores ecuatorianos, las obras completas de Pablo Palacio, a Raúl Serrano Sánchez, a Raúl Vallejo y a la boliviana Giovanna Rivero en la argentina), me impactaron dos cosas, la dimensión mágica del pensamiento indígena que produce un fantástico muy particular, y la peculiar tensión con la autoridad y el tutelaje que emana el fuerte mandato patriarcal. Castañeda abreva en lo segundo.
El genocidio español en América, si bien ha sido uno de los más brutales y sangrientos disciplinamientos, instaurando, con mano de hierro, un acatamiento estricto al patriarcado en todas sus instituciones, no ha logrado erradicar el odio. Si el indio agacha la cabeza y, en muchos lugares responde “mande”, cuando explota lo incendia todo, aterrorizando y recordándole el odio antitutelar, que, en silencio, no deja de rumear.
Volvamos a Las barbas de mi padre. Esta colección de cuentos merodea, espía, intenta una acechanza a la figura fantasmal del “Padre”. La tensión entre la subordinación y la revuelta arman una olla en ebullición que nunca estalla. Los personajes que relatan han puesto kilómetros de distancia, el exilio de lo tutelar alienta la insubordinación, entonces el viaje, la ilusión de acercarse al imperio patriarcal para destronarlo y liberarse..., pero no, las cadenas que vuelven a atenazar y la vuelta como huida que se impone. Cada cuento es un eterno intento que fracasa pero que vuelve a mostrar el ansia que se mastica. La imposibilidad de ser por fuera del patrocinio asfixiante, las marcas de los mandatos que se cargan, la obligación de cuidar una barba heredada que oculta el rostro propio, un personaje que intenta desmitificar a su maestro, Felisberto Hernández, recorriendo sus moradas en Uruguay, un hijo que no alza la pistola contra su padre, sino que acepta la orden de llevársela para volarse la cabeza.
En esta tensión de imposibilidad y deseo liberador que no se define, en el estallido prometido que alcanza su umbral pero no se concreta, radica lo más interesante del libro. Es la pulsión contenida lo que genera en el lector, el deseo de presenciar el abismo del "despadre", aunque nunca llegue.






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