"La pregunta de mi madre" de Luis Mey (Factotum, 2022)
- José Henrique

- hace 2 horas
- 3 Min. de lectura

Luis Mey lee como nadie la indefensión, los miedos y la violencia defensiva que éstos disparan. Si en Los pájaros de la tristeza (ver reseña) la opresión de la sociedad hacia los niños está en el centro de la escena, en esta novela va a ser la adolescencia. La ruina de los '90 (pobreza, desempleo, flexibilización del trabajo, etc, etc) es el sutil telón de fondo elegido. El dinero, o la falta de éste, "ordena" cada capítulo. El título de cada uno es la cifra exacta que nuestro personaje tiene en el bolsillo al inicio del mismo. Es acá cuando uno empieza a descular cómo logra Mey hacernos sentir la verosimilitud del mundo adolescente que elige narrar. Son los detalles de más nimios del oprobio. Mey nos desnuda antes de meternos en la trama, nos traslada a nuestras propias sensaciones adolescentes, y con esas heridas en carne viva, recién ahí, como adultos, distanciados de esa humillación, dejamos de naturalizarla. Es por esto que sus novelas funcionan, porque se hace imposible fingir demencia, porque no deja que el cinismo adulto "libre para todos los compas", no, Mey ni bien deja de contar, se da vuelta y extendiendo el brazo, descubre tu escondite.
Así arranca la novela:
3,75
Lo único lindo de la adolescencia es no ser adulto. No tenés plata, a no ser que te enfermes trabajando. Todo el mundo te quiere cagar a piñas, por una razón o por otra. Por alto, por grandote, por bobo, por tu remera. Los cobardes son los adultos: tienen mucho que perder. Y los que salieron ganando solamente quieren tiempo. Que es lo que ahora mismo me sobra.
Mey juega con la estructura de la novela de aprendizaje y la traiciona. Su personaje miente todo el tiempo. Pero éste además narra, y desde ese lugar, también fabula. Lo que parece una típica novela de aventuras y desventuras adolescentes, se va descomponiendo a medida que avanza, el narrador personaje pareciera creer en lo que cuenta, saber cuándo miente y cuándo relata la verdad. Es por esto que sintiéndonos cómplices, aceptamos y lo seguimos en su viaje. Le creemos cuando nos dice que va a viajar a Mar del Plata con un amigo para recuperar a la chica de la que se enamora, creemos cuando a ésta le mintió que él era millonario y que su madre había muerto, creemos que le miente a la madre de la chica para conseguir su dirección, también, que el amigo con el que viaja no se baña y que se queda abajo del tren en medio del campo por bajar a cagar entre los pastos, le creemos cuando lo asaltan y lo cagan a piñas, también que el tío que les presta el depto es un pesuti que recupera sus cosas, incluso que al encontrarse con la chica para sincerarse, se entere que su madre ha muerto de verdad. Como somos confidentes de sus mentiras y verdades, nos disponemos a la aventura, para experimentar, sortear obstáculos y apostar, en su devenir, a la sanación de sus y nuestras heridas. y ahí, en el punto caramelo, Mey nos traiciona. Porque el narrador, en el camino de vuelta, entra en un estado de confusión y nosotros con él. No digo más para no cagarles la novela, pero les aseguro que no habrá sanación, ni triunfo heroico a pesar de las dificultades. Mey te conectará un cross a la mandíbula y quedaremos tendidos en la lona registrando nuestras propias heridas.
Porque literalmente la realidad que rodea a la adolescencia de los '90 fue el absoluto desamparo y trastorno, donde como dice el personaje, "lo único que se tiene es tiempo".





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