"Las varonesas" de Carlos Catania (Las Cuarenta, 2015)


Hay un pichón de Erdosain en el personaje de Alfredito. Un Raskolnikov que arranca a ladrillazo limpio sobre el cráneo de su amigo que ha osado cortejar a su hermana, poniendo en peligro su relación incestuosa.
Hay diarios, cartas y diálogos nutridos por un Puig fálico que revienta todo con su verga, a diferencia del Toto que lo hace tirándose un pedito sordo y oloroso con su culo.
Hay un "pozo" onettiano que devora con su escepticismo.
Hay, también, una rata de Copi, obligada a narrar el desgarro intestinal del torturado.
Voces mezcladas armando un narrador desaforado que no respeta ni espacios, ni tiempos, ni reglas. Un monstruo que se nutre de éstas, que las homenajea y las pervierte. Eso es Las varonesas, bombas estallando desde la literatura.
Porque esta novela sale en 1978 en España y no logra estar en el escaparate de ninguna librería argentina, incluso en democracia. Como ya dije en la reseña de El pintadedos, Catania descarga toda su artillería contra la hipocresía de las clases medias. Monta una tragicomedia de violencia y descomposición indigerible, una risotada de payaso perversa que avergüenza la miserabilidad de los timoratos, porque sabe que todo el extraordinario asco vertido en estas páginas, se queda corto comparado con la brutalidad de las dictaduras latinoamericanas.
Las varonesas no sólo es un texto extraordinario, con un despliegue y construcción narrativa impecable, sino que su osadía y denuncia la ubica como la mejor obra concebida en los tiempos del horror. Ya es hora de poner a Catania entre los grandes escritores argentinos, esos que rompieron todo cuando había que hacerlo.





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