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"La nación de los sueños diurnos" de Juan Mattio (Caja Negra, 2026)

Foto del escritor: José Henrique
José Henrique
16 jul
3 min de lectura

Actualizado: 4 ago



La Nación... es de esas obras que dejan huella. Me atrevo a decir que junto con Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores de Roganovich y Big Rip de Ricardo Romero, forman el prisma triangular que sostiene el sólido edificio del nuevo weird argentino. Claro que no voy a obviar que esos pilares están asentados en una gran tradición del fantástico en estas tierras; en Bioy, Borges, Copi, Pinedo, y, también, la cuentística y Los premios de Cortázar, porque seamos sinceros, no hay polstergeist argentino sin abrevar en sus pasajes.

El dispositivo que logró Mattio con esta novela es para sacarse el sombrero. Porque es complejo pero fluye. Rompe esa ilusión positivista entre discursos no ficcionales (portadores de verdad), y ficcionales (circunscriptos a lo ilusorio). Monta fábula para incidir en la realidad. No hay un nosotros científico, ni tampoco narradores tiranos que controlen el relato, y nos seduzcan con sus alegorías. Hay como una especie de Frankenstein, construido con retazos de voces; una argamasa de registros ya pronunciados, conformando un Golem artificial que nos narra. Ha logrado que el tiempo lineal, no importe, se esfume. Ése que los lectores de narrativa buscamos en un texto (aunque esté roto y escondido) para sostenernos en la historia, desaparece. Se presenta simultáneo y sin embargo transcurre. Hay algo, en la propuesta de Mattio, que intenta superar el umbral que el personaje Borges del Aleph no se atreve. Si “ese” Borges descubre y espía, bajo el peldaño de la casa de Argentino Daneri, al infinito todo simultáneo; la decisión que toma, es la promesa de crear el suyo propio, duplicarlo, y al hacerlo, invocar ese espejo infinito que abomina. Mattio intenta otro camino posible, tirarse de cabeza al interior del Aleph, dejarse envolver, corromperse, pastichearse y generar una voz que no huya para ordenar el caos desde un afuera, sino que interactúe con esa nueva realidad. Porque en una nueva época que se abre, la duplicación y repetición no esclarece, satura. Hay que zambullirse en el caos y con esa materia, armar lo nuevo.

Lean esta novela, con tiempo, con paciencia. Es una de las obras más interesantes que leí este año.

 

P.D: El rescate de la dimensión mágica es clave en este texto. Uno de los grandes éxitos del positivismo fue lograr desprestigiarla. Han conseguido que las masas, en su no creer, pierdan la capacidad de conjurar. Por medio de este despojo, se han quedado con toda la caja de sortilegios. Si “en el principio fue el verbo”, es la huella que marca la fascinación por el hechizo que genera la palabra, ésa que mueve montañas, la novela decimonónica es el embrujo positivista, como la radio y el cine son los artificios de la expansión imperialista. No se puede transformar la realidad humana, sin el estilete de la subjetividad, esa artificialidad que desarma y reorganiza materia, que convence a la fuerza de millones, de excavar montañas, extraer el metal, fundirlo, moldearlo en tornillo que apretará tuercas erigiendo tren, que distorsionará el tiempo. Magia pura combinada con la Fe que no es otra cosa que esa subjetividad proyectándose al futuro. Entonces, si las religiones medievales nos han arrebatado para sí la Fe y su instrumento transformador, la magia, el embrujo, dándonos pequeñas pócimas de opio para soportar, con suspiros, la opresión; el positivismo sólo ha trocado el brebaje: merca y anfeta, para resistir la desgarradora e insaciable maquinaria al servicio de la ganancia.

No se trata de desprestigiar la magia, la Fe, ni toda la subjetividad artificial de la que es capaz el ser humano para recrear la materia, moviéndose en el tiempo cuántico. De lo que se trata es de arrebatarles la varita, para que el opio que sale de ellas, no nos condene a un presente continuo, condenados a bajar palancas. Que no marginen nuestra Fe y dimensión mágica al suspiro de criatura oprimida, al corazón de un mundo sin corazón y a un alma de condiciones sin almas. Conjuremos el grito, a corazón batiente, con un alma que sueña en tomar el cielo por asalto.

 

 
 
 

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